De veras que es frustrante, desmoralizante, desalentador que después de una denuncia periodística no pase nada, que las cosas sigan igual.

Sé de lo que habló, porque lo he sentido, lo he vivido.

He sentido en carne viva cómo cala la impotencia de saber que las cosas nomás no cambian y que a lo mejor hasta se ponen peor.

Y ahí es cuando pienso si lo que estoy haciendo, si mi trabajo, si mi oficio vale realmente la pena.

No es pesimismo, se lo juro, yo sé por qué se lo digo.
Y se lo digo porque hace algunos días vino a buscarme un señor que anteriormente había venido a VANGUARDIA para quejarse del mal estado de los semáforos en su colonia.

Lo había atendido yo y hecho la nota.

Que si ya se había publicado su denuncia, me preguntó con desánimo aquel ciudadano, le dije que sí y me dirigió una mirada de extrañeza.

Pues que no había pasado nada, dijo en tono de reclamo, que el problema con los semáforos persistía y que entonces los vecinos ya no hallaban qué hacer.

No sabe el coraje que me dio, quise llorar, patalear, maldecir, pero me contuve.
Y calmé al hombre diciéndole que entonces publicaríamos la nota sobre los semáforos descompuestos en nuestro periódico de sucesos, que más nada podía yo hacer y quedó conforme.

Pero otra vez no pasó nada.

He preguntado a varios periodistas de buena talla, qué hacer cuando pasan estas cosas y me aconsejan que siga publicando y publicando, que algo tiene que ocurrir.

Pero nada ocurre cuando hemos difundido y difundido reportajes en Semanario, por ejemplo, sobre la prostitución en el centro, sobre las transas de supuestos defensores campesinos, sobre drogas, sobre defraudadores de pobres, sobre los perros callejeros, etcétera y etcétera.

Y no sabe qué rabia me da que nada cambie, que las cosas sigan igual, que la impunidad y la corrupción puedan más.

Pero aún así, le digo, no cejaré, no claudicaré, hasta que mi voz se escuche en el desierto.