Me encanta la primavera, sus cielos azules, el verde de sus árboles, sus frescos vientos matinales, el olor de sus flores, la alegría de sus calles, sus mujeres en minifalda y top.

Y desde el domingo, oficialmente es primavera, gracias Dios.
En cambio el frio, el otoño, el invierno me chinga, me jode, me enfada, me pone mal, me enferma.

Pero hoy gracias a Dios ya es primavera y la ciudad se viste como de fiesta, la gente de alegría, las radios de escándalo, los jardines de vitalidad y los barrios de cumbia.

Quisiera que siempre fuera primavera y no invierno aciago.
Tristes recuerdos me trae a mí el invierno. No lo quiero.

Un invierno de hace 19 años perdí el ojo derecho, un invierno de hace cinco murió mi padre y sufrí una decepción amorosa, un invierno de hace dos me enfermé de todo y pensé que ya estaba dando el viejazo, cuando llegó la primavera y me salvó.

Y nos es que el inverno altere mi estado anímico o mi rendimiento laboral, es sólo que no me gusta, me disgusta.

Pero bueno, dicen los que saben que algo tiene que ver el sol con las emociones de las personas.

Será el sereno, yo sólo sé que llegó la primavera y estoy más que feliz.  

Y cuando niño que supe que existía una ciudad que le llamaban “de la eterna primavera”, me dieron ganas de irme a vivir para allá, pero qué quiere, a mí me apasiona Saltillo y su clima saltillero.

En cambio me agobian los inviernos largos, los termómetros bajo cero, las montañas ribeteadas de nieve.

Será por mi sangre caliente, mi ser temperamental. El calor es mi fuerte, mi estado natural o, cuando menos, ideal.

No me importa caminar el pavimento derritiéndose a 40 grados, me gusta sudar, contemplar la ciudad con todo su colorido.

Porque en primavera todo es más nítido, más visual, más palpable.
Y dan ganas de cantar, de reír, de llenarse los pulmones con todo el aire del valle hasta que revienten.

Me gusta la primavera, cada quien sus gustos, y hoy ya es primavera, gracias a Dios.